Privación de libertad

Tirar la toalla es una idea que me persigue con demasiada fuerza.

Aún sigo sin entender cómo salir de mi espiral particular. Esa que me mantiene atrapada y que, demasiadas veces, me deja sin aire.

Prometo que me esfuerzo. Que doy todo de mí. Que hago lo imposible por salir adelante. Pero, aun así, siento que sigo siendo invisible.

Y entonces me pregunto:

¿Será que las ataduras del pasado siguen frenando los pasos de mi futuro?

Sin darme cuenta, me he pasado una vida entera compadeciéndome de muchas de las cosas que me han ocurrido.

Y eso me duele.

Porque me gustaría ser más fuerte, más valiente, más segura y más alegre.

Cuando analizo mi infancia y la vida que tuve junto a mi familia, entiendo mucho mejor a qué me enfrento cada día.

Mis padres, que en paz descansen, me educaron convencidos de que estaban haciendo lo correcto. Me enseñaron desde el amor y desde las creencias que ellos mismos habían aprendido. Nunca hubo mala intención; al contrario, siempre buscaron protegernos.

Pero con los años comprendí que algunas de aquellas enseñanzas también moldearon mi forma de enfrentar la vida.

Crecí creyendo que Dios debía ocupar el primer lugar por encima de todo. Que faltar a una reunión era fallarle a Él. Que muchas veces la salud, el dinero o incluso la familia podían quedar en un segundo plano. Cuando las cosas iban mal, la respuesta siempre era la misma: orar y confiar. Y, mientras tanto, los problemas económicos seguían apareciendo una y otra vez.

Aprendí que era más fácil pedir ayuda que buscar soluciones. Que bastaba con dejar las dificultades en manos de Dios.

Y no los culpo.

Ellos creían profundamente que era el mejor camino.

Mi infancia transcurrió entre reuniones de la iglesia. Para mí aquello era completamente normal. Dejábamos de asistir a cumpleaños familiares, a fiestas de amigos e incluso a momentos importantes en la vida de cualquier niño.

Hoy miro atrás y recuerdo muchas cosas bonitas de aquella etapa. Sería injusto negar que también hubo amor, personas maravillosas y aprendizajes que todavía conservo.

Pero también me habría gustado conocer un poco más el mundo. Comprender antes que la vida también exige responsabilidad, decisiones difíciles y trabajo personal.

De adulta he tenido que desmontar muchas creencias que estaban profundamente arraigadas.

Entender que no todo se soluciona orando.

Que la fe no sustituye la responsabilidad.

Que esperar un milagro no evita que uno tenga que levantarse cada mañana y luchar por aquello que desea.

Eso no significa que Dios haya desaparecido de mi vida.

Al contrario.

Hoy sigo creyendo, pero de una manera diferente.

He aprendido que Dios puede acompañarme, darme paz y ayudarme a encontrar el camino, pero no puede recorrerlo por mí.

Las decisiones son mías.

Los errores son míos.

Y el esfuerzo también tiene que ser mío.

Es fuerte escribir todo esto.

Lo sé.

También sé que es desnudar el alma.

Pero precisamente de eso trata Queridísima vida.

De mostrar el corazón sin maquillaje.

De hablar de los miedos, de las heridas, de las censuras y de esa sensación de no sentirse comprendida.

De querer ser libre para expresar lo que una siente sin miedo a que cada palabra sea juzgada.

De seguir caminando incluso cuando todo parece oscuro.

Porque, aunque haya días en los que sienta que quiero tirar la toalla...

...todavía queda una parte de mí que sigue creyendo que merece la pena intentarlo una vez más.

Así que no sueñes para guardar tus sueños en un rincón.

Sueña para luchar por ellos.

Sueña para verlos cumplidos.

Con cariño,

Marta




 





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