Los duelos de los que nadie habla

Mientras la vida se abre paso entre los últimos coletazos del mes de abril, me encuentro envuelta en un mar de dolores que me están consumiendo. Lo llaman fibromialgia… porque “chupa vidas” no sonaba bien.

Lejos de poder expresar lo que siento, me he puesto a pensar en aquello que añoramos y dejamos pasar.

Echo de menos levantarme sin dolor, descansar y disfrutar de un bonito día.

Y es que, sin saberlo, hay un último día de todo.

Hace unos días llegaba a casa la segunda edición de Queridísima vida, ese libro que es mi sueño y donde desnudo mi alma, mi sello personal. Decir todo aquello que no tenemos valor de nombrar, hablar de la realidad, de cómo todo cambia y se transforma a nuestro alrededor.

Pero mis dolores me limitaron bastante a la hora de recibir con ilusión esa nueva edición… y entonces me di cuenta:

Nunca más seré aquella chica de veintipocos que corría todo el día en tacones sin que le molestara nada. La que podía trabajar diez horas y aún le quedaban fuerzas para seguir hasta la noche. Esa chica ya no volverá.

Con los años te das cuenta de que, poco a poco, se queman etapas de tu vida. Etapas que considerabas eternas. Etapas que nunca creíste que echarías de menos.

Hoy me ha costado horrores hacer la cama. Algo tan simple…

Pero si hay algo que me mantiene con fuerzas es ser consciente de que, quizás, dentro de diez años estaré echando de menos esta etapa de mi vida.

El duelo por dejar atrás quienes fuimos también es parte de la vida. El cuerpo de antes de ser madre, el pelo de nuestra juventud, la vitalidad de un día lleno de planes…

Cuesta soltar aquello que aún nos une a nuestro yo de hace veinte años.

Hoy, por ejemplo, he encontrado unas pastillas de mi padre, las que llevaba en su mochilita a todos lados. He sentido una punzada al pensar que debía tirarlas o llevarlas a un punto limpio en una farmacia. Y todo ello ha desembocado en un mar de recuerdos… en la sensación de que, si me deshacía de ellas, estaba alejando un poco más lo que me queda de él.

No me gusta que la gente diga que nadie le advirtió de ciertos dolores —de ciertos duelos— que se quedan después de algunos acontecimientos.

Por eso he decidido contar lo que siento desde el corazón, con verdad y sin maquillar.

El duelo de no tener la misma relación de antes con tus amigos. Recordar con nostalgia, y hasta con lágrimas en los ojos, aquellas historias que se cocían en tus días de adolescente.

Las confidencias en clase, los primeros cafés, las escapadas para ver a otros amigos, recorrer la ciudad andando y acabar en el puerto viendo el atardecer.

Las cartas que te escribías con tus amigas sobre el chico que te gustaba o sobre ese primer beso…

Las salidas en las que empezabas a arreglarte y, de repente, te sentías mayor.

Sin saberlo, hubo una última carta, un último café, un último paseo.

Y te das cuenta de que todo eso también es un duelo que afrontas cuando creces.

Los que me conocéis ya sabéis que me gusta viajar a mis recuerdos. Es una de las cosas que más me gusta hacer, porque siento que mantengo viva mi esencia más pura.

Hace unos días, por casualidad, me encontré con una persona maravillosa que resultó ser la mujer de un viejo amigo de mi adolescencia. Ese amigo que me llegó a gustar, pero con el que me sentía tan a gusto que nunca se lo dije.

En ese rato de conversación, al descubrir que estaba bien, que había construido una vida bonita, que era padre… sentí una oleada de afecto que me llenó el corazón.

Aquello me llevó a recordar. Y, una vez más, me di cuenta de los recuerdos tan mágicos que se quedan guardados en un cajón, y que cuando los sacas y les quitas el polvo… también duelen.

La juventud divina. Los mejores años. Los amores y desamores. Los problemas de no sentirte comprendida. Las mañanas de verano viendo tus series favoritas. Que tu mayor preocupación fuera estudiar. Que desearas con todas tus fuerzas que tus amigos fueran eternos.

Luego llegaron los novios serios. Las prioridades cambiaron. Poco a poco, las salidas se fueron espaciando… y en ese momento no eras consciente de que algún día dolería. De que ya no volverías.

Dentro de los duelos también están las risas, las anécdotas, la primera borrachera, el primer beso que soñaste y que resultó ser un desastre. Y se suman las charlas de tus padres, los días en familia, los abrazos que te daban cuando ni tú sabías qué te pasaba.

Y entonces llegan los hijos… y se suman más duelos. La última vez que dormiste sin esa preocupación constante. El cambio en tu cuerpo. Algo que sabes que es hermoso, pero que también te transforma.

Y no está mal sentir esa nostalgia.

Echo de menos mi casa, a mis padres, a mi gente.

Pero amo la versión de mí. Quién soy ahora. Lo que siento al ver cómo mi sueño se va cumpliendo.

Hazme un favor: permítete sentir el duelo por los cambios de tu vida. Que nadie invalide tus emociones. Pero no te quedes en ellas. Úsalas para crecer. Para amarte tal y como eres ahora.

Si echas de menos a alguien, escríbele. Hazle saber que sigue en tu vida, aunque a veces no recibas la respuesta que esperas.

Aunque no compartan tus sueños… y sí, es mi caso.

Pero jamás nadie podrá decir que no lo intenté.

Los duelos no son solo por perder a alguien a quien quieres. Son también por todas esas historias que tuvieron un final… y de las que no fuiste consciente hasta que pasaron los años.

Atesora cada abrazo, cada recuerdo. Porque gracias a todo lo que un día fue… hoy eres quien eres.







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